Cuando el esfuerzo no te acerca a donde quieres, el problema no es trabajar más, sino elegir mejor.
Fernando se levantaba cada día con la sensación de que iba tarde, aunque nunca llegaba tarde a ningún sitio. Su agenda estaba llena. Su cabeza, aún más. Trabajaba duro, cumplía, respondía, estaba disponible. Y aun así, algo dentro de él no descansaba.
Quizá te resulte familiar.
Nos han repetido tantas veces que el esfuerzo lo es todo que apenas lo cuestionamos. Si te cansas, aprieta los dientes. Si no llegas, empuja un poco más. Pero llega un momento en el que una pregunta aparece sin avisar:
¿todo este esfuerzo me está llevando realmente a donde quiero?
Fernando no estaba mal. Ese era el problema. No estaba mal… pero tampoco estaba bien. Vivía ocupado, cansado, resolviendo cosas que parecían importantes. Siempre haciendo, pero poco eligiendo.
Durante mucho tiempo pensó que la solución era esforzarse más. Como si el cansancio fuera una prueba de que iba por el buen camino. Pero no lo era. Porque trabajar duro no siempre significa avanzar. A veces es la forma más eficaz de quedarse atrapado.
Un día, alguien le hizo una pregunta distinta: “¿A qué le estás diciendo que sí cada día?”
No le preguntaron por lo que rechazaba. Le preguntaron por lo que aceptaba sin pensar.
Y algo hizo clic.
Empezó a darse cuenta de que muchos de sus síes no eran elecciones conscientes. Eran automatismos. Sí por inercia. Sí por miedo a decepcionar. Sí para todo… excepto para sí mismo.
Y entendió algo clave: antes de aprender a decir que no, necesitaba aprender a decir mejor que sí.
Porque no todo merece tu energía.
Porque no todo lo urgente es importante.
Porque no todo lo que haces te acerca a tu centro.
Fernando empezó a preguntarse cada mañana:
¿esto a lo que voy a dedicar tiempo hoy me acerca a mi diana o me dispersa?
Cuando eliges bien el sí, el esfuerzo cambia. Pesa menos. Desgasta menos. Empieza a tener sentido. Ya no se trata de hacer más, sino de hacer lo que importa.
Y ocurrió algo curioso: cuanto más claro tenía su foco, menos agotado se sentía. No porque trabajara menos, sino porque dejaba de pelearse con todo. Apareció una calma nueva. Una sensación de dirección.
Aquí conviene decirlo sin rodeos: ni la sangre, ni el sudor, ni las lágrimas garantizan una vida plena. El sacrificio solo vale la pena cuando apunta a algo que importa de verdad.
Quizá tú también estés trabajando duro.
Quizá estés cumpliendo con todo.
La pregunta no es esa. La pregunta es: ¿a qué le estás diciendo que sí cada día sin darte cuenta?
Porque a veces no necesitamos más fuerza. Necesitamos más claridad.
Si este texto te ha removido algo, no lo ignores. Parar, revisar el foco y elegir mejor dónde poner la energía puede cambiar más de lo que imaginas.
Trabajar duro no es el objetivo.
Vivir con sentido, sí lo es.
Carlos Jiménez
Consultor y Formador en Liderazgo y Desarrollo de Equipos, y Talento
Formador y consultor especializado en el desarrollo del Liderazgo y Trabajo en Equipo. Casi 40 años de trayectoria acompañando a personas y organizaciones en procesos de cambio profundo y sostenible. He fundado y liderado más de 30 proyectos en ámbitos empresariales, sociales y deportivos, y he acompañado a más de 500 iniciativas como mentor, consultor y formador, siempre con el propósito de generar impacto real y cambios transformadores.
Autor de seis libros sobre Liderazgo y Trabajo en Equipo y comunicador con más de 20 años de trayectoria en radio.
https://www.linkedin.com/in/carlos-jimenez-cabrera/
En directo