Cuando el trabajo deja de encajar con la vida y marcharse parece la única salida.
Javier se quedó mirando el móvil unos segundos más de la cuenta. El mensaje era breve, educado, casi frío: “He decidido aceptar otra oferta. Gracias por la oportunidad”. No era la primera vez que lo leía. En los últimos meses, demasiadas personas de su entorno habían tomado la misma decisión. Amigos, familiares, conocidos. Gente que no estaba en paro. Gente que tenía trabajo. Y aun así, se iba.
Cada día, en España, 12.000 personas deciden marcharse de su empleo. No hablamos de despidos. Hablamos de decisiones conscientes. Personas que recogen sus cosas, cierran una etapa y salen por la puerta sin saber exactamente qué vendrá después, pero con la certeza de que seguir ahí ya no era una opción.
Durante mucho tiempo nos hemos contado una historia cómoda: que la gente se va por dinero, por mejores condiciones, por ambición. A veces es cierto. Pero cada vez menos. La realidad es más incómoda y más humana. La mayoría no se va de un trabajo, se va de cómo se siente en él.
Se va del nudo en el estómago del domingo por la tarde.
Se va del silencio incómodo cuando pide ayuda.
Se va de no sentirse escuchado, ni valorado, ni tenido en cuenta.
Porque hay un momento, casi imperceptible, en el que una persona deja de sentirse parte. Sigue cumpliendo, sigue yendo, sigue respondiendo correos. Pero por dentro ya se ha ido. Y cuando aparece la oportunidad, o simplemente el valor, da el paso.
Lo curioso es que esto ocurre en un país con paro. En un país donde, en teoría, habría que “aguantar”. Pero algo ha cambiado. Ya no se aguanta a cualquier precio. La salud mental, el tiempo, la dignidad, el respeto… han pasado a primer plano. Y cuando eso falla, el contrato deja de importar.
Muchas personas no saben explicar bien por qué se van. Solo sienten que no encajan, que no pueden más, que no es ahí. Detrás suele haber un jefe que no escucha, una organización que aprieta sin sostener, una cultura donde pedir ayuda es un problema y equivocarse se paga caro.
No es una huida impulsiva. Es una decisión madura, aunque duela. Marcharse para no romperse.
Quizá por eso estas cifras deberían hacernos pensar como sociedad. No solo como empresas. ¿Qué estamos normalizando? ¿Qué tipo de relaciones laborales estamos construyendo? ¿Por qué tanta gente prefiere la incertidumbre a quedarse donde está?
Tal vez el problema no esté fuera.
Tal vez no sea el mercado.
Tal vez no sea la falta de oportunidades.
Tal vez tenga que ver con cómo tratamos a las personas mientras están dentro.
Porque nadie deja un lugar donde se siente respetado, escuchado y cuidado. Nadie se va de donde puede ser quien es sin miedo. Y nadie renuncia si siente que importa.
Si tú también has pensado alguna vez en irte, o conoces a alguien que lo ha hecho, quizá no sea casualidad. Quizá sea una señal. Y las señales, cuando se ignoran demasiado tiempo, acaban convirtiéndose en ruptura.
Carlos Jiménez
Consultor y Formador en Liderazgo, Desarrollo de Equipos, y Talento
Formador y consultor especializado en el desarrollo del Liderazgo y Trabajo en Equipo. Casi 40 años de trayectoria acompañando a personas y organizaciones en procesos de cambio profundo y sostenible. He fundado y liderado más de 30 proyectos en ámbitos empresariales, sociales y deportivos, y he acompañado a más de 500 iniciativas como mentor, consultor y formador, siempre con el propósito de generar impacto real y cambios transformadores.
Autor de seis libros sobre Liderazgo y Trabajo en Equipo y comunicador con más de 20 años de trayectoria en radio.
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