Cuando el problema siempre está fuera... y tú te quedas dentro
Fernando se agacha, coge una pelota de una cesta y la lanza lejos. El gesto es rápido, casi automático. No se detiene a pensarlo. Coger, girarse y lanzar. Una y otra vez. No lo sabe, pero esa escena resume bastante bien lo que le ocurre desde hace tiempo: cuando algo no funciona, cuando la vida se atasca, echa balones fuera.
No es una persona irresponsable. Tampoco alguien que evite los problemas de forma consciente. Al contrario. Fernando tiene explicaciones sólidas para todo lo que no avanza. El contexto, las circunstancias, los demás. Siempre pasa algo, siempre hay una razón de peso. Y, sin embargo, nunca pasa nada.
La culpabilización externa es más común de lo que pensamos. Aparece cuando estamos cansados, cuando sentimos que hagamos lo que hagamos no es suficiente. Es una forma de protección emocional. Mirar fuera duele menos que mirarse dentro. Culpar al entorno reduce la presión, alivia la culpa y nos permite seguir funcionando sin detenernos demasiado.
El problema es que ese alivio tiene un precio. Cuando todo depende del contexto, tú desapareces de la ecuación. Tu margen de acción se reduce. Tu capacidad de decidir se diluye. Y sin darte cuenta, pasas de vivir a adaptarte constantemente. Sobrevives, pero no avanzas.
Muchas personas viven atrapadas en este patrón. Entienden perfectamente por qué están donde están. Sus argumentos son coherentes, incluso razonables. El entorno es difícil, el momento no es el adecuado, ahora no se puede. Y puede que todo eso sea cierto. Pero mientras el foco esté siempre fuera, el crecimiento personal se bloquea.
Fernando empezó a notarlo en su propio cuerpo. En la tensión acumulada, en el tono con el que hablaba, en la sensación persistente de frustración. Un día, alguien le dijo algo que le descolocó: “Te escucho mucho explicar lo que pasa, pero nunca te oigo decir qué vas a hacer tú con eso”. Aquella frase no fue agradable, pero sí honesta.
Asumir responsabilidad personal no significa cargar con todo ni culparse sin sentido. Significa reconocer la parte que sí depende de ti, aunque sea pequeña. Siempre hay una conversación pendiente, una decisión aplazada, una forma distinta de mirar la situación. Ahí empieza el cambio. No fuera. Dentro.
Cuando dejamos de echar balones fuera y empezamos a preguntarnos qué podemos hacer distinto, algo se recoloca. No desaparecen los problemas, pero recuperamos poder personal. Volvemos a elegir. Volvemos a movernos. Y eso, aunque no lo parezca, es profundamente liberador.
El verdadero bloqueo no está en el contexto, sino en la renuncia silenciosa a nuestra capacidad de influir. Mientras sigamos explicando por qué no se puede, seguiremos exactamente en el mismo lugar. El crecimiento personal empieza cuando dejamos de justificarnos y nos hacemos cargo, incluso con miedo, incluso con dudas.
Tal vez no puedas cambiar lo que ocurre. Tal vez no dependa de ti. Pero siempre puedes decidir cómo te posicionas ante ello. Y en esa decisión, pequeña pero consciente, empiezan a pasar cosas.
Porque el día que dejas de lanzar pelotas fuera, la cesta empieza, por fin, a vaciarse.
Carlos Jiménez
Consultor y Formador en Liderazgo y Desarrollo de Equipos, y Talento
info@innotalentlab.com
Formador y consultor especializado en el desarrollo del Liderazgo y Trabajo en Equipo. Casi 40 años de trayectoria acompañando a personas y organizaciones en procesos de cambio profundo y sostenible. He fundado y liderado más de 30 proyectos en ámbitos empresariales, sociales y deportivos, y he acompañado a más de 500 iniciativas como mentor, consultor y formador, siempre con el propósito de generar impacto real y cambios transformadores.
Autor de seis libros sobre Liderazgo y Trabajo en Equipo y comunicador con más de 20 años de trayectoria en radio.
https://www.linkedin.com/in/carlos-jimenez-cabrera/
En directo