El veterano periodista revive la época dorada de las exclusivas y reflexiona sobre una profesión que las redes sociales han llevado «a la agonía».
Por Redacción | RLP / Arrasando
En la época dorada de la prensa rosa, una fotografía podía alterar matrimonios, provocar crisis institucionales o abrir durante semanas las portadas de todas las revistas del país. Eran años de carretes, seguimientos interminables, llamadas desde aeropuertos y noches enteras esperando el movimiento exacto de un famoso. Todo aquel engranaje, hoy prácticamente desaparecido, volvió a tomar forma durante la entrevista concedida por Antonio Montero al programa Arrasando, dirigido por Kiko Blanki.
Frente a la visión más superficial del oficio del fotógrafo invasivo, Montero mostró la dimensión humana y casi artesanal de una profesión inseparable de la televisión y la prensa del corazón en España durante décadas. Un trabajo que, según defendió, consistía en mostrar aquello que muchos personajes públicos intentaban mantener fuera del foco público.
«Los famosos cuentan la historia que les conviene», afirmó durante la conversación. Por eso, para él, el paparazzi terminaba convirtiéndose en una especie de contrapunto incómodo capaz de revelar «la vida no oficial» de celebridades, empresarios o miembros de la realeza.
Del sueño de la guerra a las exclusivas millonarias
Antes de aparecer cada tarde en televisión, Antonio Montero soñaba con ser reportero de guerra. Le atraían los viajes, las historias humanas y la posibilidad de recorrer el mundo contando realidades desconocidas.
Durante su juventud trabajó arreglando jardines, persianas y electrodomésticos en su urbanización madrileña. «Me llamaban Antoñito el Chapuzas», recordó entre risas al rememorar aquella etapa en la que comenzó a ahorrar dinero para comprarse su primera cámara.
Todo cambió con la llegada de Marisa Martín Blázquez. La idea de marcharse a zonas de conflicto dejó de tener sentido ante los proyectos familiares y la posibilidad de construir una vida juntos.
Ambos comenzaron trabajando en la agencia Korpa, origen de lo que años después sería Gtres. Montero admite que entonces apenas sabía nada del mundo del corazón. «No había leído una revista en mi vida», confesó.
Pero pronto descubrió que el método de trabajo tenía muchas similitudes con aquello que siempre había admirado del reporterismo internacional.
«El paparazzi era muy parecido a un reportero de guerra».
Noches en árboles y viajes por medio mundo
El relato gana intensidad cuando Antonio Montero describe cómo era realmente el trabajo durante los años noventa. Revelaban carretes en laboratorios improvisados dentro de habitaciones de hotel, enviaban fotografías digitalizadas pagando cantidades desorbitadas y recorrían países enteros buscando una exclusiva.
En 1991 fundó junto a Marisa Martín Blázquez la agencia Teleobjetivo. Desde entonces llegaron a recorrer más de 60 países.
«Nos pagaban cantidades indecentes por tres fotos», recordó.
El trabajo se desarrollaba bajo una tensión constante. El periodista define aquel oficio como el de un «cazador» o incluso un «espía» obligado a observar sin ser descubierto.
«He pasado noches enteras subido a árboles para hacer fotografías».
La frase resume el nivel de obsesión y entrega que exigía una profesión donde muchas veces la paciencia era más importante que la propia cámara.
«Pensé que me mataban»
El momento más duro llega al recordar una persecución en Miami siguiendo a Isabel Pantoja.
La artista alertó a la policía asegurando que alguien la seguía y los agentes llegaron a pensar que se trataba de un terrorista. Minutos después, Antonio Montero tenía una pistola apuntándole directamente a la cabeza.
«Pensé que me mataban», admitió.
El fotógrafo recordó cómo intentaba explicar en inglés que era periodista mientras el agente le gritaba con el arma preparada para disparar. Solo cuando logró explicar quién era Isabel Pantoja y qué estaba ocurriendo logró calmar la situación.
No fue el único episodio de tensión. También relató seguimientos vinculados a la Casa Real, controles de escoltas y operaciones realizadas en plena época de atentados de ETA, donde cualquier movimiento sospechoso podía terminar de la peor manera.
Las fotografías que decidió callar
Aunque reivindica el valor informativo del paparazzi, Antonio Montero insistió en que siempre intentó mantener ciertos límites éticos.
Nunca le gustaron los funerales ni las situaciones que pudieran generar un daño irreparable a las personas retratadas. De hecho, recordó cómo llegó a donar el dinero que le correspondía por unas imágenes publicadas por su agencia que terminaron causando un grave conflicto familiar a un futbolista.
«Hay cosas que pueden destrozar vidas», admitió.
También confesó haber guardado fotografías comprometedoras sin publicarlas jamás. Entre ellas, unas imágenes de Miguel Bosé junto a un conocido actor que más tarde acabaría entrando en política.
«No era una situación para liar una parda».
El oficio arrinconado
La entrevista terminó convertida en una reflexión sobre el final de toda una época mediática. Antonio Montero considera que el oficio clásico del paparazzi prácticamente ha desaparecido.
Las redes sociales, los teléfonos móviles y la exposición constante de los famosos han transformado por completo el negocio.
«La profesión está en completa agonía», reconoció.
Ahora cualquiera puede tomar una fotografía viral con un teléfono móvil. Ya no existe el misterio que alimentaba las grandes exclusivas ni aquellas operaciones casi detectivescas que marcaron durante décadas la prensa rosa española.
Aun así, Montero sigue mirando aquel tiempo con cierta melancolía. Porque detrás de cada portada, de cada persecución y de cada fotografía imposible, había noches enteras de espera, riesgo y secretos.
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