Cincuenta años de memoria colectiva desde el barrio que dio sentido a la fiesta.
Por Redacción | RADIO LAS PALMAS
El Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria no se explica solo desde el brillo de los escenarios ni desde la retransmisión televisiva. Su relato verdadero nace en la calle, se sostiene en la memoria y encuentra en La Isleta el lugar donde la fiesta recuperó la palabra tras años de silencio. Medio siglo después, ese origen sigue marcando el pulso de una celebración que habla de identidad, de convivencia y de salud emocional colectiva.
El programa Dcultura y Salud, dirigido por Juan Carlos Jiménez, reunió voces que encarnan distintas etapas del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria. Alejandro García, hijo de Manuel García Sánchez, figura clave en el resurgir del Carnaval moderno, aporta la memoria vecinal de La Isleta y el relato de quienes lo levantaron desde la calle. Roque Díaz, recordado por su etapa al frente de Festejos, es conocido por impulsar iniciativas que ampliaron la participación y la inclusión en la fiesta. Y Carmen Murias, Reina del Carnaval en 2009, representa la dimensión humana y emocional de una celebración vivida desde dentro, convertida en experiencia vital y vínculo directo con la ciudadanía.

De izquierda a derecha, Alejandro García, Juan Carlos Jiménez, Carmen Murias y Roque Díaz posan tras finalizar el programa Dcultura y Salud, manteniendo el ánimo festivo y carnavalero en el photocall de Radio Las Palmas, con el Carnaval aún muy presente.
El Carnaval como memoria y necesidad social
Lejos de ser un simple paréntesis lúdico, el Carnaval aparece en el relato como una necesidad colectiva. Una celebración que permite transgredir sin romper, liberar tensiones y aceptar las normas cotidianas. Desde la sociología y la psicología se subraya su valor terapéutico, incluso en rituales tan simbólicos como el entierro de la sardina.
Durante el franquismo, esa necesidad se expresó de forma clandestina. Bajo nombres encubiertos, el Carnaval sobrevivió en sociedades y casas del barrio. Las mascaritas corrían de una puerta a otra, esquivando prohibiciones. Aquella etapa no apagó la fiesta, la cargó de sentido y la preparó para volver a la calle con más fuerza.
La Isleta, el origen que ordenó el caos
Con la llegada de la democracia, La Isleta se convirtió en el germen del Carnaval moderno. Vecinos con oficio, ingenio y autoridad natural organizaron celebraciones masivas cuando aún no existían manuales ni protocolos. La primera cabalgata oficial, en 1976, movilizó a miles de personas sin vallas ni grandes despliegues.
El orden público recayó en gente del propio barrio, vinculada al muelle y al cambullón. Un servicio de orden vecinal que hablaba el lenguaje de la calle y garantizó carnavales pacíficos en un tiempo socialmente convulso. Aquello fue definido como el orden del caos, una forma de entender la convivencia basada en el respeto y la pertenencia.
En ese contexto se consolidó la figura de Manuel García Sánchez, recordado como el padre del Carnaval. No por protagonismo individual, sino por su capacidad para canalizar un sentimiento popular. Presidió la sección de festejos de la asociación de vecinos y defendió un Carnaval abierto, participativo y reconocible. Su legado no es un monumento, es una manera de hacer fiesta desde lo colectivo.
De la calle al escenario sin perder la esencia
El año 2009 marca otro momento simbólico. Carmen Murias, entonces estudiante de Medicina, fue elegida Reina del Carnaval con un diseño de Fernando Méndez. Su testimonio habla de crecimiento personal, de seguridad y del cariño sentido en la cabalgata, cuando la ciudad se convierte en abrazo. Su perfil rompió estereotipos y unió mundos que parecían distantes, enlazando cultura y salud.
Esa etapa coincidió con una apuesta por ampliar el Carnaval. Desde la gestión pública se impulsaron iniciativas como la Gala de la Integración o el Carnaval de Perros, defendidas frente al escepticismo y hoy plenamente asumidas. La inclusión pasó a formar parte del relato festivo.
El debate actual atraviesa la memoria compartida. El Carnaval ha ganado en espectacularidad y proyección, pero la preocupación no es el cambio, sino el olvido. La cabalgata sigue siendo el último gran espacio popular, el lugar donde la ciudad se reconoce a sí misma.
Cincuenta años después, el Carnaval continúa hablando. Y lo hace desde La Isleta, el barrio donde aprendió a decir nosotros.
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