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  • GRAN CANARIA EN EL CENTENARIO DE CARMEN LAFORET

    Carmen Laforet llegó a Las Palmas de Gran Canaria, junto con sus progenitores, Eduardo y Teodora, con apenas dos años de edad ...

                La conmemoración del centenario de algunos autores, como en los últimos tiempos ha sido los del fallecimiento de Benito Pérez Galdós y el de Tomás Morales, no es sólo una oportunidad para retomar su obra, rememorar su biografía o reeditar algunas de sus obras, sino que es el momento adecuado para plantear tanto su vigencia en el ámbito de la realidad actual, como la trascendencia que puede tener en un futuro a corto y medio plazo en un orbe determinado, como es el caso de Gran Canaria y su capital insular, Las Palmas de Gran Canaria, especialmente ahora que ha iniciado un sugerente camino hacia esa Ítaca de su nominación como “capital europea de la cultura”. Ahora, este 6 de septiembre de 2021, se cumplen cien años del nacimiento de la escritora Carmen Laforet que, si bien nació en 1921 en Barcelona, sería en Gran Canaria donde, a partir de 1923, iniciaría verdaderamente la trayectoria vital en la que, a lo largo de toda su infancia y su juventud, formó su carácter, tomó contacto con el mundo, despertó en su ser y sentir, modeló su pensamiento y forjó sus primeras y más arraigadas expectativas de vida.

                    Carmen Laforet llegó a Las Palmas de Gran Canaria, junto con sus progenitores, Eduardo y Teodora, con apenas dos años de edad, en un tiempo muy luminoso y atractivo para la cultura insular, pese a todas las dificultades que también se dieron entonces. Ella misma, en el prólogo a “Mis páginas mejores” (Editorial Gredos, 1957), señaló como en “1923 –a punto de cumplir dos años-, fui con mis padres a Canarias. Mi padre era arquitecto y también profesor de la Escuela de Peritaje Industrial. Nuestro traslado a Canarias se debió a necesidades de este profesorado. Yo recuerdo a mi padre muy joven, bien constituido, muy deportista. Tenía la costumbre de fumar en pipa y usaba una excelente mezcla inglesa cuyo olor se ha quedado en mí –así como el de los encerados corredores de la casa de Las Palmas- como uno de los olores inconfundibles de mi infancia…”, y, en un artículo publicado en el diario Pueblo en 1962, no dudaba en resaltar que “…hay lugares que están pegados a uno mismo como la uña a la carne…”, y recordaba sus excursiones infantiles a la entonces deshabitada Maspalomas, donde había un faro que “…es el único que yo he visto en mi vida entrando en él…”, y lo describía con enorme ternura y de modo muy sugerente al rememorar, de un lado “…el mar todo brillante, como de metal líquido, verde y plateado…”, y de otro “…los suelos del faro, de madera fregada, a donde llegaba la arena y que olían a arena. Y sus ventanas llenas de luz. Y el gusto ligeramente salobre del agua fresca cuando yo la bebía…”. Todo un mundo y una cosmogonía insular en la que poco a poco floreció y creció un espíritu observador, reflexivo, inquieto.

    Años sumamente felices, aunque también con claroscuros familiares en los tiempos previos a su partida a Barcelona tras la guerra civil, para iniciar los estudios de Filosofía y Letras, y también los de Derecho. Pero, en realidad, a ella lo que le interesaba era escribir, inquietud que ya había hecho patente en sus años en el Instituto de Las Palmas, y en las muchas horas que pasó en la biblioteca de El Museo Canario, donde una de sus lecturas preferidas eran las obras de Pérez Galdós, como me comentó en más de una ocasión el propio Néstor Álamo, que entonces trabajaba en aquella institución, y que años más tarde, en 1951, dentro de sus responsabilidades culturales en el Cabildo, la recibió en la isla con motivo de haberse publicado su segunda novela, “La isla y los demonios”, una obra sobre la que ella misma señaló como la “…isla está allí retratada, con una especie de deformación mágica. Esa deformación blanda y sin problemas que a veces sufren los lugares amados…”, una novela en la que hay “…una muchacha que siempre está en la isla, mirando al mar, y a los barcos y queriendo marcharse de allí. Que siempre está con los ojos en el horizonte, como la estatua de don Benito Pérez Galdós…”; una partida, un viaje, como también lo soñaron Morales o Quesada, que no era tanto físico, como al mundo interior de sus protagonistas, como le ha ocurrido siempre al isleño.

                    Este 6 de septiembre de 2021 no sólo se conmemora el hecho puntual de su nacimiento, sino que, con un acto solemne en el Instituto Cervantes, en su sede central de Madrid, se abre todo un año de conmemoraciones protocolarias, literarias y académicas, de las que Las Palmas de Gran Canaria no puede, ni debe, estar ausente, pues, una vez más, tiene la oportunidad de un reencuentro ciudad-autora, autora-ciudad, que aporta una fecunda y gratificante trascendencia a esa nueva génesis cultural que ahora se formula la capital grancanaria, y con ella toda la isla. Habrá el próximo año en Madrid una gran exposición sobre su vida y su obra, una muestra que luego debería venir también a este espacio atlántico, sin el que no se entendería su trayectoria vital y literaria. También en el orbe isleño, junto con actos académicos y literarios, sería el momento oportuno para una reedición local de “La isla y los demonios”, ilustrada con apuntes sobre ella de algunos artistas grancanarios actuales. Lo local y lo universal debe aunarse fructíferamente en estas contadas ocasiones que se ofrecen para ello.

    Estos días se la puede rememorar por espacios como la bajada de San Pedro, en Triana, donde su familia estableció su primera residencia en la ciudad, paseando por Vegueta camino del Instituto o de El Museo, en sus queridas playas de La Laja (donde disfrutó de algunas temporadas estivales), o de Las Alcaravaneras, a la que acudía a nadar muy frecuentemente, por El Monte Lentiscal, donde también vivió muchas temporadas y forjó grandes amistades (de las que me hablaron tanto su gran amiga y compañera de estudios la escritora grancanaria María Dolores de la Fe, Pedro Lezcano, que en sus días de presidente del Cabildo comentamos mucho sobre aquella pandilla juvenil en la que estaban también él y su hermano Ricardo, o el profesor Víctor Morales Lezcano, que, pese a ser mucho más joven, recuerda otras anécdotas de “Carmencita Laforet” que se han conservado en el seno de su familia, pues sus tías eran muy amigas de la entonces escritora en ciernes), o por el barrio de Arenales, donde su padre vivió los últimos años de su vida. Cien años que lo son de una relación honda con la capital grancanaria, de una memoria de la escritora que siempre ha estado muy viva entre los grancanarios, que la han recordado siempre con orgullo y muchísimo cariño, el mismo que se tiene a las cosas propias.

    La respuesta a todo ese afecto indeclinable la podríamos encontrar en sus propias palabras, en esas que incluyó en sus notas autobiográficas de 1957, en las que señaló, al recordar su tiempo plenamente grancanario, como “…Cuando vuelvo la vista atrás, veo que todos esos años se han combinado para hacerme una persona capaz del difícil don de sentir la felicidad, y humildemente creo que hasta de derramarla en un círculo muy íntimo…”; un círculo que, en perspectiva y trascendencia de futuro, tiene que ser toda esta isla, esta capital atlántica de cultura.


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